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Música jesuita en Chile en los siglos XVII y XVIII: una primera aproximación

Música jesuita en Chile en los siglos XVII y XVIII: primera aproximación

Escrito por  Víctor Rondón

1. INTRODUCCIÓN Investigaciones sobre el tema hasta la fecha

La investigación musicológica en torno al tema de la música en las misiones jesuitas en sudamérica durante el período barroco, principalmente referidas a la de la antigua provincia del Paraguay, ha logrado importantes avances en las últimas décadas(1). Sin embargo, en lo referente a la actividad musical misional jesuítica en nuestro territorio, poco es lo que se conoce hasta hoy, por cuanto ningún investigador musical se ha ocupado en profundidad del tema, contándose información fragmentaria y dispersa de diversa calidad. Nuestro primer historiador musical, Eugenio Pereira Salas(1941), hace una breve mención del tema refiriendo la labor catequística a través del canto de los padres Luis de Valdivia y Hernando Aguilera en 1591 acotando luego que “por desgracia, no han llegado hasta nosotros ni la letra, ni la música de las canciones místicas que entonaban los indios”(2). Sin embargo, Carlos Lavín (1952), en un breve artículo sobre la música religiosa chilota, relaciona precisamente la presencia de misioneros jesuitas en el archipiélago durante los siglos XVII y XVIII, con algunas prácticas musicales actuales a nivel de tradición oral, proporcionando transcripciones de algunos himnos religiosos(3). Samuel Claro(1973) por su parte, repite las noticias referidas al padre Valdivia y destaca el cancionero catequístico del misionero Bernardo de Havestadt(4). El padre Miguel Jordá en sus obras en que recopila canto a lo divino y a lo humano en la poesía popular chilena, ha venido señalando la posible impronta jesuita en esta manifestación(5).

En el ámbito de las ciencias sociales, Hernán Godoy (1982), al revisar las expresiones artísticas de los jesuitas en tiempos del barroco, anota que fué en la plástica donde mayor auge alcanzó la presencia jesuita con la influencia barroca bávara(6). Más adelante revisando el aporte de la orden relativo a la música, Godoy agrega que “el aporte de los jesuitas es más difícil de establecer porque los datos son fragmentarios”, citando luego diversas manifestaciones musicales, principalmente basado en los aportes del historiador jesuita padre Walter Hanisch(7). Es precisamente este último quien mayores noticias proporciona sobre la vida musical de los jesuitas en Chile durante los siglos XVII y XVIII ampliando los aportes anteriores con citas y descripciones precisas, aunque coincide con los anteriores autores en señalar la fragmentariedad y escasez de los datos referidos a este tema. Últimamente Rolf Foerster, en el ámbito histórico-antropológico y Hernán Montecinos en el arquitectónico, han realizado valiosos aportes desde sus respectivas áreas en relación a la presencia jesuita en Arauco y Chiloé, respectivamente(8). El primero, a pesar de profundizar en importantes aspectos político-misionales y catequísticos en el área mapuche y revisar las obras de autores jesuitas que incluyeron canciones en sus respectivos aportes, no refiere el tema de la música. El segundo, menciona brevemente la práctica musical, mas, describe con detalle el edificio iglesia y su espacio ceremonial circunvecino, planteando algunas interesantes analogías a nivel arquitectónico entre las naves de las iglesias chilotas y las construcciones misionales del Paraguay(9).

2. PANORAMA HISTÓRICO DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS, DESDE SU INSTALACIÓN EN 1593 HASTA SU EXPULSIÓN EN 1767

Un esbozo de la presencia y actividad jesuita en nuestro territorio durante el período señalado, permite distinguir -tomando en cuenta su calidad de pertenencia a la provincia o viceprovincia jesuita respectiva- tres etapas: de instalación , de desarrollo y de apogeo(10).

2.1 La instalación: 1593 a 1607 El primer contingente jesuita llegó a Coquimbo, Proveniente del Callao, Perú, en marzo de 1593, para hacer su entrada a Santiago al mes siguiente “un día después del Domingo de Ramos, y entraron antes de amanecer, por huir el honroso recebimiento que supieron aparejaba la ciudad”(11). Como superior del grupo venía el padre Baltasar Piñas(12) , quien pronto aclaró que el objetivo de la expedición no era instalarse en ciudad alguna, sino misionar. Sin embargo el gran apoyo y aceptación de la orden en la capital les llevó a establecerse en ella, dedicándose a dos labores principales que marcarían por siempre la actividad jesuita en el territorio: la evangelización y la educación. Esta última acción fue extensiva a los distintos estratos sociales y étnicos de la incipiente colonia local, es decir a los españoles, indios y negros. La catequización y prédica a los indios, que no entendían el castellano, se hizo desde un principio en su propio idioma, gracias a que algunos de los misioneros escogidos -entre ellos dos chilenos- manejaban la lengua general del reino. Al año siguiente dos de ellos, los padres Aguilera y Vega, ejercieron su labor misionera en territorios de la Araucanía y Chiloé, por donde predicaron cerca de año y medio. El padre Luis de Valdivia, sucesor del padre Piñas, quien había regresado a Lima por su avanzada edad, vió en esta acción un éxito misionero tal que, entusiasmado, viajó poco después al sur bautizando precipitadamente en un lapso de poco más de medio año, a cerca de setenta mil indios, los mismos que en 1598 levantándose en armas, arrasaron las ciudades españolas de Valdivia, Osorno y Angol, entre otras.

Este temprano contratiempo fue uno de los posibles hechos que produjeron en el jesuita “grandes melancolías” motivando su vuelta al Perú en 1602, sucediéndole en el cargo los padres Juan de Frías Herrán y a éste, el padre Antonio Pardo.  Al término de este período la orden sólo había logrado establecer el Colegio de San Miguel en la capital, debiendo realizar los nuevos ingresados a la Compañía su noviciado en el Perú, de donde dependía directamente el establecimiento chileno para la mantención y desarrollo de sus obras.

2.2 El desarrollo: 1607 a 1683 Administrativamente, esta etapa puede dividirse en dos períodos. En el primero, los jesuitas chilenos forman parte de la provincia del Paraguay hasta 1625, mientras que a partir de entonces y hasta 1683, Chile es viceprovincia dependiente del Perú. La erección de la provincia jesuítica del Paraguay se debe al General de la orden, padre Claudio Aquaviva, quien la había concebido ya en 1604 pero que no se concretó sino hasta tres años más tarde. Abarcaba las regiones de Paraguay, Tucumán, Buenos Aires y Chile, siendo su primer provincial el padre Diego Torres Bollo hasta 1615, cuando le sucede hasta 1624 el padre Pedro de Oñate.

Ya en una fecha tan temprana como 1608, se celebra en Santiago la primera Congregación Provincial, en la cual se sancionó la cesación del servicio personal de los indios en los establecimientos jesuitas, cuestión que inmediatamente y durante mucho tiempo encontró detractores, principalmente en el sector de los encomenderos, quienes advirtieron de inmediato que la abolición de este tipo de esclavitud reglamentada les perjudicaría en sus actividades económicas y productivas. Las casas de formación estaban repartidas a ambos lados de la cordillera andina. Así, el Noviciado estaba en Córdoba mientras que el Colegio Máximo funcionaba en Santiago de Chile y adjunto a éste, en 1611, el provincial establece además el Convictorio para un selecto alumnado y en el cual se despertaron numerosas vocaciones a pesar de su reducida matrícula.

En 1613 figura nuevamente como viceprovincial el padre Valdivia(13) quien funda ese mismo año la residencia de Concepción. Tres años más tarde, en 1616, se establecen las misiones en Arauco y Rere y al año siguiente el padre Melchor Venegas funda la misión chilota de Castro. En 1619 se establece también la casa de misioneros de Bucalemu que permitiría cubrir la acción evangelizadora entre los indígenas que habitaban entre el Choapa y el Maule. A fines de ese mismo año, el padre Valdivia deja Chile para pasar al Perú y luego a España falleciendo en Valladolid en 1642. Las aspiraciones en torno al quehacer académico superior de la Compañía, logran entre los años 1621 y 1623 la facultad, emitida a través de una bula pontificia y con el apoyo real, de otorgar grados académicos e instituir una universidad pontificia.

En 1625 la orden en Chile se segrega de la provincia del Paraguay formando una viceprovincia dependiente de la del Perú. Por esa fecha, el contingente jesuita en el país llegaba a alrededor de cincuenta individuos distribuídos en cinco establecimientos y tres misiones. Más tarde se crea el noviciado en Bucalemu el que en 1647 es trasladado a la capital. Por esa misma fecha se amplían las misiones de Arauco y en las décadas siguientes se abren colegios en Castro, Santiago y La Serena. El crecimiento de las obras y misiones en el territorio necesitaba cada vez más el reclutamiento de nuevos religiosos que debían buscarse en las provincias jesuitas europeas, tarea confiada a los procuradores de las distintas provincias que debían viajar al Viejo Mundo con tales objetivos. Uno de ellos fue el padre Alonso de Ovalle, quien para remediar el desconocimiento que se tenía del país escribió en Roma su Histórica relación del reyno de Chile (1646). La actividad misional se centraba en dos áreas: la de Chiloé y la de Arauco. En la primera, ya se llevaban a cabo por esta época las misiones circulares que llevaron los afanes evangelizadores aún más al austro, hasta la comarca de los Chonos, en navegaciones llenas de zozobras. Estas no eran menores en la Araucanía, en donde los misioneros afrontaban “grandes peligros de la vida o de cautiverio, sufrimientos e incomodidades sin cuento en caminos y alojamientos, alimento y vestuario. Los esfuerzos se estrellaban contra los defectos inveterados de los indios, poligamia y borrachera, pero iban paso a paso suavizándo las bárbaras costumbres”(14).

2.3 El apogeo: 1683 a 1767 Al tiempo que se erige la nueva e independiente provicia jesuita de Chile en 1683, ésta contaba en Santiago con el Colegio Máximo de San Miguel, el Convictorio de San Francisco Javier, el Noviciado y el Colegio de San Pablo. En Bucalemu la hacienda y el establecimiento llamado de Tercera Probación -en donde los sacerdotes realizaban un año de disciplinas espirituales-; en Concepción el Colegio de San José y una Casa de Ejercicios, además los establecimientos educacionales de La Serena, Mendoza, Castro, Buena Esperanza y Arauco. Las misiones en Arauco, Valdivia y Chiloé eran ya seis. En 1700 se crea en Chillán un colegio especial para caciques indígenas; alrededor de 1716 se establece una residencia en Quillota -San Martín de la Concha- y en 1724 la residencia de Valparaíso. La nuevas poblaciones de españoles, a partir de la década del cuarenta, incluían casi inevitablemente la presencia de educadores y misioneros jesuitas como sucede sucesivamente en San Felipe, Copiapó, Melipilla, San Fernando y Talca. Otro tanto acontece con el crecimiento de las misiones en la zona de Arauco, Chiloé y más al sur y al este, en las Guaitecas y Nahuelhuapi. En la isla grande y el archipiélago chilote, gracias a la incesante labor de un puñado de jesuitas en 1757, se habían erigido más de setenta capillas.

La llegada de contigente de origen bávaro en 1712, 1724 y 1748, principalmente hermanos coadjutores especializados en diversos oficios y artes, va a producir un esplendor artístico nunca antes observado en el país, en todos los ámbitos. Así, junto a la labor religiosa, los jesuitas en Chile participaron activamente en el avance de las disciplinas científicas y humanistas que imperaban en Europa, constituyendo su actividad la principal manifestación de modernidad en la época. Educación superior, aplicación de nuevas tecnologías en la industria colonial, producción literaria en el ámbito de la historia, ciencias naturales, filología, cartografía etc., son algunos de los ámbitos en que su aporte fue decisivo para el establecimiento de lo que Godoy califica como una clara hegemonía en la sociedad chilena colonial, cuestión que generalmente se ha asociado con aspectos temporales(15). El decreto de expulsión de la Compañía de Jesús ordenado por Carlos III en febrero de 1767, se hizo efectivo en Chile -aplicado por el gobernador Guill y Gonzaga- en agosto del mismo año. Sobre el procedimiento aplicado, el extrañamiento de sus miembros y las muestras de consternación y dolor que produjo en la sociedad chilena tal acción, nos da cuenta con detalle el historiador jesuita Francisco Enrich(16), quien narra:

    “[...] en el pliego cerrado se mandaba que antes del amanecer del día 26 circundasen con tropas las casas de la Compañía; y entrando en ellas, convocasen a la comunidad, y les leyesen la real orden del extrañamiento de todos los jesuitas. Que dejándolos a éstos bien custodiados, se sellasen las iglesias, sacristías, bibliotecas y procuras; para que a horas competentes se pudiese levantar un prolijo inventario de lo allí contenido. Que al día siguiente se transportasen, con la suficiente escolta, hacia Valparaíso o Talcahuano todos los padres y hermanos menos al P. procurador, el cual debía quedar custodiado, hasta que rindiese cuenta exacta de los bienes muebles o inmuebles de la casa, y de todos sus haberes y dependencias [...]“(17).

Sobre la impronta de la Compañía se ha destacado que “en pocas partes del continente la acción de los jesuitas ha dejado rastros más permanentes que en Chile”(18), reconociéndose que su legado configuró las expresiones culturales nacionales especialmente en el ámbito de la religiosidad y arte popular por una parte, y las expresiones intelectuales de la sociedad, por otra. Aunque diversos autores coinciden en señalar que fue en las artes plásticas y ornamentales donde más destacó la actividad de los jesuitas, pensamos que no menos importante fue su aporte en otras manifestaciones artísticas como lo son la literatura, el teatro y la música, cuyas trazas estas últimas, reviso a continuación.

3. MÚSICA JESUITA EN CHILE La clasificación de las misiones de Alonso de Ovalle

La actidad misional durante el siglo XVII es dividida por el historiador jesuita Alonso de Ovalle en seis clases(19), tomando como criterio su grado de acceso y distancia respecto de la metrópoli. La primera se refiere a la actividad en la ciudad, dedicada principalmente a los españoles, y secundariamente al resto de la población compuesta por indios, negros y mestizos. La segunda es la que se realiza en las chacras suburbanas , a una o dos leguas alrededor de las ciudades, orientadas a los indios, negros y españoles. La tercera se realiza por poblados y estancias, entre La Concepción y Coquimbo, todas llenas de jente, españoles, negros e indios, a diez, veinte o treinta leguas de las ciudades y de las que no se regresa sino después de dos o tres meses y en las que no se puede dejar de padecer muchas incomodidades. La cuarta clase se refiere a las misiones en la Araucanía que exceden en rigor, peligros y trabajos a las otras y en las que se pasa la totalidad del año, a excepción de los pocos días en que los religiosos vuelven a sus casas para cumplir con los ejercicios espirituales impuestos por la orden. En ellas se encuentran los soldados y colonos españoles con sus familias e indios de servicio, a los indios soldados amigos y de guerra. A la quinta clase pertenecen las misiones del archipiélago de Chiloé, las más rigorosas que en todo el mundo tiene la Compañía. La última clase comprende aquellos intentos evangélicos esporádicos a los naturales alejados, fuera del dominio colonial hispano, entre los que se cuentan los chonos que habitan al sur y al este de Chiloé y los naturales de las tierras y costas magallánicas.

También a aquellas almas de tierra firme desde Arauco hasta Osorno, habitadas por indios y españoles cautivos, y por último incluye a los indios puelches que habitan en la cordillera, a uno y otro lado de ella, entre Cuyo y el estrecho de Magallanes y los indios fueguinos. La precedente clasificación, sin embargo, se refiere a uno solo de los ámbitos de la actividad jesuita cual es la misión. La otra era la actividad formativa en las casas y establecimientos. A objeto de hacer más eficiente la revisión de la práctica musical en las actividades jesuitas, la dividiremos en estos dos ámbitos.

3.1 Práctica musical en las misiones 3.1.1 Primera y segunda clase (ciudad y chacras suburbanas)

El principal objetivo que movió a la Compañía de Jesús a pasar a América, fue el ganar para el cristianismo las almas de los naturales y -como ya he señalado- secundariamente preocuparse de la asistencia espiritual de españoles y mestizos(20). En esta tarea evangelizadora ocupa un lugar central la enseñanza del catecismo, y en él, la actividad musical, principalmente el canto. Al respecto, ya sabemos por Pereira Salas que los padres Luis de Valdivia y Hernando de Aguilera cantaban la doctrina en las calles y plazas de Santiago tan pronto arribaron a esta ciudad en 1593.

Por entonces, la sociedad colonial urbana estaba claramente estratificada, sin embargo, encontraba en las fiestas religiosas populares un espacio común. Éstas amalgamaban como un todo música, danza y elementos teatrales y en cada uno de estos aspectos competían en boato y entusiasmo los distintos segmentos sociales. Ambos aspectos, el de la estratificación social y el rol integrador de las celebraciones religiosas, fueron aplicados por los jesuitas de inmediato en la constitución de cuatro congregaciones o cofradías devocionales cuyos componentes reflejan nítidamente el espectro cubierto por la actividad jesuita por esos años. De esto tenemos el testimonio directo del padre Alonso Ovalle:

    A los indios y negros predicamos en estas ocasiones en las plazas , los indios quedan en la de la Compañía, y los negros, cantando la doctrina, pasan en procesión a la principal, y en las gradas de la catedral se les hace la doctrina y enseña el catecismo y se les predica, y suelen asistir algunos canónigos y seglares a oír el sermón por su devoción [...] Las congregaciones están muy bien entabladas y muy lucidas. Acuden todos los domingos , casi a un mesmo tiempo cada uno a la suya: los caballeros y toda la jente de importancia a la de nuestra señora de Loreto; los estudiantes a la de la Concepción; los indios a la del Niño Jesus; y los morenos a la del pesebre de Belén [...]“(21).

Esta misma fuente da cuenta que cada una de las congregaciones y cofradías costean sus propias fiestas compitiendo en aventajarse -especialmente las de españoles y gente principal en “el gasto de cera, olores, música, aparato y adorno del altar”(22). Estas prácticas eran comunes a todos los territorios del nuevo mundo y en el caso Chile, tomaban como paradigma las que se realizaban en otros territorios de la provincia, tal como nos sigue describiendo el padre Ovalle cuando recuerda que “esta santa costumbre la aprendimos del insigne colejio de San Pablo de la ciudad de Lima, donde la ví ejercitar algunas vísperas de Nuestra Señora y de otras fiestas, con gran solemnidad de música y concurso de jente y gran devoción”(23). Refiriéndose ahora a las cofradías de indios y negros, Ovalle deja en claro que la preocupación por ellos fue siempre una cuestión muy estimada por la Compañía, agregando más adelante que:

“[...] los mesmos superiores, hasta el Provincial, suelen ser los primeros en hacerles las pláticas en sus congregaciones y los sermones los días de fiestas de sus cofradías, y en confesarlos y salir a sus procesiones con sus cruces en la mano [...] Son estas procesiones muy lucidas y hay mucho que ver en ellas. Hacen la suya los indios la mañana de Pascua de Resurrección, dos horas ántes del amanecer, a que acuden todos los cofrades y cofradas con sus hachas [cirios] de vela blanca, todos bien vestidos y aliñados. Compónense la procesión de muchos pendones y andas que llevan muy bien aderezadas de muchas flores artificiales de seda, plata y oro, y en ellas al niño Jesús con su cabellera y vestidos a la usanza de indio; a la Vírjen Santísima, vestida de gloria y ricamente adornada, y otras imájenes de devoción; todo esto con mucha música y danzas y varios instrumentos de cajas, pífanos y clarines, y por los monasterios por donde pasa la procesión, la reciben las monjas y relijiosos con repique de campanas, órganos y buena música [...] “(24).

3.1.2 Tercera, cuarta y quinta clases: pueblos y fuertes de españoles e indios en Arauco y Chiloé

Dejemos por el momento la actividad evangelizadora urbana para examinar lo que sucedía en las misiones rurales de Arauco y Chiloé(25). A mediados del siglo XVI, como he anotado más arriba, se habían fundado fuertes y ciudades por toda esa región siendo las principales fundaciones las de Concepción en 1550, La Imperial -actual sitio de Carahue-, Valdivia y Villarrica en 1552 -también nombrada Ciudad Rica por esa época-, Los Confines en 1553 -cerca de la actual Angol-, Osorno en 1558 y Cañete en el mismo año(26). Castro, la primera ciudad chilota, fue fundada en 1567. Algunas décadas más tarde, ya en el siglo siguiente, comienzan a erigirse las misiones araucanas y chilotas en los territorios cercanos a las ciudades antes mencionadas. Entre las más importantes se contaron las de Arauco y Buena Esperanza -Rere-. La primera comenzó sus actividades en 1608 mientras que la segunda lo hizo en 1613. Poco más tarde y más al norte, se funda en el establecimiento de Bucalemu una casa de misioneros que permitió misionar desde el Choapa al Maule. En Chiloé se instaura en 1617 la misión de Castro, aunque ya se habían realizado expediciones evangelizadoras en 1609 y 1611. Resumiendo la actividad misionera, el padre Walter Hanisch señala que “desde 1600 a 1750, desde Bío-Bío a Chiloé y territorios adyacentes estuvieron todas las Misiones a cargo de los jesuitas, salvo breves y contadas excepciones [...]. Hasta 1690 el número de los Misioneros variaba entre diez y veinte; y desde 1705 hasta 1760, era alrededor de treinta [...]. La evangelización de Chiloé estuvo íntegra en sus manos [...] “(27). Por cuanto las principales áreas misionales en la época fueron las de la Araucanía y Chiloé, revisaré escritos de misioneros que sirvieron en ellas, destacando aquellas descripciones que se refieren a las formas en que la música aparece en el contexto de las prácticas doctrinales y rituales.

3.1.3 Testimonios músico-doctrinales referentes a las misiones en la Araucanía

Las vicisitudes bélicas entre mapuches y españoles determinaron la labor misional de los jesuitas en el área, los que, recordemos, desde la presencia del padre Luis de Valdivia a principios del siglo XVII en adelante, siempre estuvieron por el cese de la esclavitud, bajo la forma del llamado servicio personal, y por la política de la guerra defensiva(28). En los primeros intentos evangélicos, el misionero y mártir jesuita de origen italiano O. Vecchi narra su actividad en Arauco durante 1610: “…después de haber estado dos meses predicando y catequizando a aquella pobre gente, quedaron instruidos en las cosas de nuestra Santa Fe más de doscientas almas, y era de gran consuelo ver todos aquellos niños infieles saber también todas las cuatro oraciones, y el catecismo , y cantar unas canciones de la doctrina en su lengua…”(29). Con posterioridad al alzamiento indígena de 1655, se refundaron las misiones arrasadas y abandonadas adjuntas a los fuertes de Buena Esperanza y San Cristóbal.

Un documento de la época nos da cuenta del “contento que todos estos indios, recién reducidos a la paz [...] han recibido con la venida del padre Francisco de Astorga, que les envió vuestra Señoría para que les doctrinase; y el fruto que con ellos ha hecho con su grande fervor, asistencia y agrado. Ya tenía señalados fiscales, que juntaban a la gente, y acudían a rezar las oraciones y catecismo; y los indios estaban tan obedientes y tan rendidos, que los desconozco y los veo muy diferentes de lo que eran antes”(30). Décadas más tardes el misionero agripense, Bernardo de Havestadt, nos da cuenta de su periplo misionero en territorios del obispado de La Imperial, entre octubre de 1751 a marzo de 1752. En esa oportunidad recorrió a pié más de seiscientas leguas en las zonas cordilleranas entre el río Maule y el volcán de Villarrica, al norte y sur de la misión de origen de Santa Fe(31). Visitó las parcialidades de muchos caciques pasando sufrimientos y peligros en su afán doctrinario y seguramente de esta experiencia surgió su propósito de componer su obra Chilidúgú, única fuente conocida hasta la fecha en que encontramos, junto a los textos en lengua mapuche, la música anotada para los cantos misioneros y en la que adjunta un mapa de su recorrido. El éxito obtenido en las misiones entre los mapuches, sin embargo, fue bastante menor que entre los de chilotes. Las razones que advierten los documentos de la época son coincidentes con la de los estudiosos contemporáneos y apuntan principalmente hacia las dispersión de los mapuches en una área extensa y difícil, a su natural belicosidad, su propensión hacia las borracheras, su renuencia a erradicar la práctica poligámica y su apego a creencias mágico- religiosas, en la cual la figura de el o la machi jamás pudo ser erradicada, a pesar que no fueron raros los casos de conversión de algunos de estos.

3.1.4 Testimonio de las misiones circulares en Chiloé

Uno de los más importantes documentos al respecto, conservado en el Archivo Romano de la Compañía de Jesús (ARSI, Chile, v. 5, ff. 345-383 v), lo constituye el que lleva por título Noticia breve y moderna del archipiélago de Chiloé, de su terreno, costumbres de los indios, misiones, escrita por un misionero de aquellas islas en el año 1769 y 70(32). En su capítulo VI y último, titulado “Del pasto espiritual que tienen los naturales de Chiloé y afanes de los misioneros”, encontramos detallada cuenta de los aspectos administrativos y misionales de la zona, muchos de los cuales se refieren a nuestro tema y que apuntamos a continuación:

    “Está dividido aquel archipiélago en tres curatos, es a saber, Chacao, que comprende desde Lacuy hasta la isla de Caucahue inclusive, Calbuco, que comprende todas las islas calbucanas y la tierra firme de ellas que está poblada, y el otro es Castro, que se extiende desde los Chauquis y Huito hasta la última punta de la isla grande al sur, que se llama Quilan. Los dichos tres curas son clérigos seculares, porque los misioneros, si bien ejercen con los españoles e indios todas las funciones de cura, no lo son en realidad.[...] Tienen los jesuitas cuatro misiones y un colegio. El colegio está en Castro, cuyo rector es superior de todas, cuatro misiones. Tiene un padre que cuida aquella iglesia, donde todos los días de fiesta vienen a oír misa todos aquellos de dos o tres leguas alrededor, a quienes explica la doctrina y les hace un sermón moral. Todos los sábados por la tarde reza el rosario, explica la doctrina cristiana, y les hace la plática [...] Como hay tan pocas misiones fundadas en aquel archipiélago, es preciso que haya una como volante que socorra a todos los pobres isleños. Hay, pues, dos padres que tienen solo ellos el nombre de misioneros, quienes, casi todo el año van de capilla e capilla, de iglesia en iglesia y de isla en isla. El método que llevan es digno de escribirse y es el siguiente. El 17 de septiembre vienen de Ichoac al colegio de Castro, dos piraguas, con algunos indios de aquel pueblo, a buscar a los padres misioneros. Estos, que ya están prontos, salen de aquella ciudad en una procesión, que se hace hasta la playa, donde se embarcan los siguientes santos de bulto: San Isidro, San Juan Evangelista, Santa Neoburga, la Virgen y el Señor Crucificado, grande. A más de esto los ornamentos para las misas, mesas, cajones etc., y cuanto es necesario en una tierra, donde nada hay. Los misioneros con los fiscales se embarcan en otra piragua y tiran las tres piraguas a la isla de Lemuy, donde está Ichoac. Una milla antes de llegar allá, sale de aquella iglesia una procesión de todos los indios, indias, chicos y grandes, que pertenecen a la capilla. Van con una cruz por alante y algunas luces, cantando a coro las oraciones. Habiendo llegado las piraguas, se desembarcan los santos y en procesión con los padres misioneros se conducen a la iglesia [...] Se encienden las velas, que nunca se apagan desde aquel punto hasta la salida. Un indio ya anciano, es el patrón del Santo Cristo, quien goza el privilegio de andar en la procesión con una bandera, y tiene dos ayudantes para que cuiden del mismo altar mayor, donde están san Juan y la Virgen. San Isidro tiene otro patrón que cuida de su altar, y santa Neoburga tiene la patrona que también cuida de los mismo [...] Colocado todo en su lugar, el padre hace una plática de media hora en su idioma, dándoles parte de la venida de Cristo para el bien de sus almas. Acabada la plática se pone el padre en la puerta de la iglesia con la matrícula y pasan todos, uno a uno, para ver los que murieron o nacieron en aquel año y borrarlos o escribirlos. En ese tiempo todos los solteros dicen las oraciones para ver si alguno no las sabe. Acabada esta función, se da la bienvenida a los padres y les regalan también [...] Ya que entró la noche se toca al rosario, que rezan todos en la iglesia. Al fin de él se cantan unas alabanzas y se hace el sermón con otros cantos al fin de él. Al otro día, al alba, el fiscal de aquella iglesia toca una campana con la que llama a los niños para rezar la doctrina en la iglesia y cantan unas alabanzas. Luego las indias barren la dicha iglesia y la plaza de ella y se comienza el rosario, al fin del cual un padre hace un sermón. Acabado el sermón, el padre más antiguo se informa de los males públicos de aquella tierra, si los fiscales y patronos han cumplido con su obligación, que quejas hay, que otras cosas dignas de remedio etc. El segundo misionero dice la misa, se deposita el santísimo y acabada la misa da los óleos a los niños nacidos aquel año [...] Luego el padre monta a caballo y va a confesar y comulgar a aquellos enfermos [...] A las once comienza el rezo de todos y luego entra la Vuta Misa, esto es la misa grande, por ser con muchos y devotos cantos. Después del evangelio se hace el sermón, que todos oyen, y se cuenta un ejemplo. Después de la misa salen las niñas por una parte y los niños por otra a decir públicamente el catecismo [...] Hace el padre una breve explicación del catecismo y se van a comer. A las tres de la tarde se toca a rosario y al fin el fiscal cuenta públicamente el ejemplo, que por la mañana dijo el padre en el sermón, y luego se confiesa hasta la noche, en que se reza otro rosario, hay sermón y después cantos de devotas alabanzas, todo lo que se acaba entre diez y once de la noche. Al otro día se hace lo mismo en todo. Y al cuarto día es la comunión general, que se hace con mucha devoción y ternura”(33).

Más adelante esta misma fuente precisa los requisitos, las obligaciones y atribuciones del fiscal, señalando que este debe ser un hombre casado, de ejemplar conducta moral, al que se somete a un examen de la doctrina y el conocimiento cabal de las oraciones y cantos luego de lo cual se le distingue con un emblema que distingue su cargo y dignidad, que es una larga cruz. Este, en ausencia de los padres misioneros, debe congregar a la comunidad en la iglesia cada sábado para rezar y cantar la doctrina, especialmente a los niños; también debe bautizar y ayudar a bien morir, mantener el aseo y ornato del recinto sagrado y la plaza adyacente. A cambio de esto los fiscales -que pueden ser más de uno- están exentos por decreto de servicio personal a los españoles una cierta cantidad de días al año, a diferencia de sus connaturales. En presencia de los padres misioneros, deben contribuir a su actividad; específicamente se cita que mientras haya algun oficio en la capilla, mantendrán a los niños en la plaza repitiendo y cantando la doctrina y en la iglesia y en la misa como en otras ceremonias deben conducir el canto.

En su inédita historia de la Compañía del jesuita Joseph Harter(34), se incluyen los testimonios de las últimas misiones circulares en el archipiélago de los misioneros José García y Nepomuceno Walther, a partir de septiembre de 1767, cuando al parecer aún no llegaban las noticias de la expulsión de la orden aplicadas el mes anterior a los establecimientos continentales. Apunta García:

    “Día 17 de Septiembre, que es cuando ya empieza la primavera, salen los padres misioneros del Colegio; llevan consigo ornamentos de altar y lo necesario para administrar los sacramentos [...] Cuando llegan los misioneros a la playa, ya toda la gente que pertenece a aquella capilla está junta, esperando formados en procesión con su cruz por delante, sacan los Santos a la playa, y así como están cerrados en sus cajones, los conducen a la iglesia, cantando las oraciones: Padre Nuestro y Ave María, etc.; en el conducir los Santos, en todas las procesiones se observa que los niños cargan el Corazón de Jesús; los solteros a San Juan, los casados a San Isidro; las solteras a Nuestra Señora de los Dolores; las casadas a San Notburga; y los caciques al Santo Cristo. En llegando a la iglesia, los Padres misioneros arman los tres altares, y el patrón, que es un hombre de juicio, tiene la obligación de cuidar de la iglesia, de las luces, que no entren perros ni haya ruido. Luego el P. misionero más antiguo, que llaman Buta Patiru, les hace una breve plática, sale toda la gente a la puerta de la iglesia, y [...] por un libro que tiene y lleva consigo, va nombrando a todas las personas [...] Allí se sabe cuántos son los muertos, cuantos los que han nacido de aquel año [...] Al día siguiente al alba se toca la campanilla, y la gente se recoge a la iglesia habiendo ya cantado los niños y las niñas las alabanzas a María Santísima y barrido la iglesia; rezan el rosario, y luego el Padre misionero más moderno les predica [...] Mientras la gente se confiesa y no hay sermón, están mañana y tarde tres o cuatro fiscales enseñando la doctrina a niños y niñas. Síguese la segunda misa [...] Sobre tarde, recogida la gente a la iglesia y rezado el rosario, el primer misionero averigua si el fiscal cumple con su obligación [...] Luego se sientan a confesar, y a la noche se sigue el rosario, sermón y alabanzas a María Santísima [...] Al segundo misionero toca, si hay enfermos, irlos a confesar, y comulgar a su casa, que ordinariamente viven muy lejos de la capilla. Si hay muertos, también le toca enterrarlos. La víspera de la comunión general hacen su procesión de penitencia, con mucho orden y separación de sexo, todos en filas hombres y mujeres [...] síguese la misa, y luego la comunión, a quienes les ayuda y afervoriza con algunas oraciones antes y después de comulgar, después se sigue la doctrina [...] Acabada la misión, se cierran en sus cajones los santos, y con el orden que vinieron en procesión, con el mismo se los conduce a la playa y en ésta con un Santo Cristo en la mano les hace el primer misionero una breve exhortación a la buena vida; acaba con el acto de contrición y les echa la bendición con el Santo Cristo, y se despiden y embarcan para otra capilla que ya está esperando a los Padres. De cuando en cuando hay una procesión de penitencia más solemne, y se procura hacer en una capilla o iglesia grande; a esta procesión concurren cuatro o cinco capillas, las más inmediatas [...] Los españoles aue son poco más que los indios, [...] logran sin distinción el beneficio de la misión, pero no se hace lista de ellos, por tocar esto a sus curas. Muchísimas de estas islas no tienen en todo el año más pasto espiritual que éste de la misión[...] Por el mes de Mayo, cuando ya las lluvias no permiten andar por estas capillas, se recogen los Padres Misioneros al Colegio de Castro en donde tienen sus ochos días de ejercicios, confiesan a quien los llama; y cuatro o cinco días antes de Nuestra Señora de la Asunción hacen misión en la iglesia del mismo Colegio, que tambén es capilla de indios, a los que pertenecen a ella”(35).

De la comparación de esta fuente y sus evidentes analogías con la Noticia breve y moderna… recién citada, nos parece que Harter pudo haberse servido de ella para resumir el testimonio del padre García, al que por lo demás resume, obviando la mención específica de instancias musicales, destacando otros aspectos que le parecen más interesantes, cuestión bien común a escritos de religiosos de carácter historiográficos basados en fuentes originales. Citando al misionero Walther, que estructura su informe numerando cada instancia, anota:

    “1.- El día 17 o 16 de Septiembre [...] llegan a la ciudad de Castro algunos moradores de la capilla a donde la misión primeramente se dirige, con dos o tres piraguas, para el transporte de las estatuas [...] patronos de la misión. Son llevados con religiosa procesión a la playa, [...] emprenden el viaje entre las aclamaciones y júbilos de la tripulación 2.- A su arribo son recibidos del Catequista del lugar (dan a este el nombre de fiscal) con una devota procesión, así de los naturales, como de los españoles que suelen hallarse en el país con este orden: Caminan cantando a el Oratorio, donde se coloca en su altar cada imagen, da el misionero principio a su misión con un sermón convocatorio 3.- Concluído el sermón lee el Padre un catálogo de las personas [...] Los niños y niñas son examinados de las primeras nociones y rudimentos de Doctrina por algún catequista de distinta capilla que acompaña a los Padres en la misión 4.- Los Oratorios o capillas son capaces, fabricados de tablazón, bien firme, y cubiertos de paja, bastante decente y adornados [...] Cada capilla está bajo la dirección y gobierno de un catequista (fiscal) y un patrón [...] 5.- Los vecinos de cada Oratorio se alojan en sus cercanías [...] todo el tiempo que dura la misión, para que puedan cómodamente asistir a sus funciones 6.- Cerca de la noche se reza el rosario. Acabado , se hace la segunda plática: después se rezan cinco Padre Nuestros y cinco Ave Marías en reverencia de las sagradas llagas: entonces los niños y niñas cantan las alabanzas de Cristo y su Madre, y se da fin a los ejercicios de este primer día [...] 7.- Al amanecer del día siguiente, repiten los niños y niñas las alabanzas de Cristo y su Madre Santísma: barren las mujeres la capilla y su atrio: se llama a Rosario a toque de campana: y después se les hace la tercera plática 8.- Concluída la plática , se examina públicamente al catequista [...] 9.- Cerca de medio día se dice la misa solemne; después del Evagelio se hace la cuarta plática: y acaba la misa, se explica el catecismo 10.- Después de comer se reza el Rosario: refiere el catequista el ejemplo que se dijo en la plática:confiesan los niños y niñas por su turno, y se vuelven a oir la instrucción del catequista su maestro 11.- A la noche se tiene la quinta plática sobre la Pasión de Cristo Señor nuestro, despues de la cual caminan formados en procesión con hachas [antorchas, cirios] por los campos vecinos , y a su vuelta cantan en la capilla las alabanzas de Cristo y de su Madre Santísima , con que se da fin a este día 12.- A la mañana del día tercero repiten los niños y niñas su canto acostumbrado, y las mujeres el aseo de la capilla y atrio: se reza el Rosario, a que inmediatamente sigue la sexta plática. Acabada se examina en público el patrón para saber si el catequista cumple con su oficio [...] 13.- Rebautiza el misionero bajo condición a todos los infantes que fueron bautizados durante el año de su ausencia [...] 14.- Se dice la misa cantada, y el evangelio; se hace la séptima plática al pueblo . Al fin de la Misa reciben todos el sagrado cuerpo del Señor, y oyen la explicación del catecismo 15.-Después de comer, reservan los P.P. en sus cajas las sagradas imágenes , y son conducidas en procesión a la playa [...]“(36).

Son coincidentes en estas tres fuentes, la inclusión de la práctica musical en las instancias de procesión, enseñanza de la doctrina, en la misa, el rosario y los cantos de alabanzas al final de este y del sermón. Tales actividades se distribuyen, como se ha visto, desde el amanecer hasta bien entrada la noche, sin contar la vigilia que de los altares y santos hacen algunos varones de la comunidad visitada, la que seguramente se acompañaba de nuevos rezos y cantos divinos. En breve, eran días en que el pueblo se dedicaba por entero a la oración, la doctrina y los sacramentos a través del canto y los movimientos procesionales. En ellos se distinguen además elementos simbólicos y rituales como el uso de la cruz, estandartes y banderas, filas pareadas por sexo, edad y estado civil-sacramental.

3.1.5 Catecismos en mapudúngún y el modelo de Fray Luis Gerónimo de Oré, 1598(37)

La fuente más valiosas en torno al uso catequístico de la música en las misiones chilenas que ha llegado hasta nosotros, lo constituyen los catecismos incluídos en las obras linguísticas de los misioneros jesuitas padres Luis de Valdivia, Andrés Febrés y Bernardo de Havestadt. El trabajo del primero lleva por título Arte y gramática general de la lengua que corre en todo Chile(38)y fue publicada en Lima en 1606, conteniendo el texto en mapuche de cuatro canciones. La segunda, titulada Arte de la lengua general del reyno de Chile, publicada también en Lima en 1765, especifica también el texto en mapuche de algunas coplas que se cantan después de la doctrina o rosario y una docenas de canciones a varios asuntos. El tono o melodía especificada está tomada de diversos cantos latinos o castellanos. La última obra, Chilidúgú sive tractatus Linguae Chilensis, publicada en Westphalia en 1777 -pero compuesta en la misión de Arauco la década anterior a la expulsión-, incluye el texto en mapuche de veintidós canciones proporcionando la música escrita en notas para diecinueve de ellas(39). Todas ellas siguen las directrices que para la evangelización y catequesis de los naturales especifica con precisión el III Concilio Limense de 1583.

A este respecto resulta esclarecedor revisar la obra del franciscano Oré(40) quien recoge estas instrucciones y las sistematiza en su Symbolo Catholico Indiano, publicado en Lima en 1598. El autor nos da cuenta que en el citado concilio “se congregaron con el Señor Arzobispo de los Reyes, don Toribio Alfonso Mogrovejo, siete Diocesanos Obispos, y en este concilio se determinaron decretos y leyes santísimas de reformación y muy provechosas para los indios y para los sacerdotes sus curas: hízose traducción de la doctrina cristiana y del Catecismo y Confesionario”(41). Hablando de la práctica musical, Oré apunta que “es cosa muy conveniente que en las fiestas y Dominicas principales se canten las vísperas, y se haga procesión devotamente y se cante la Misa: para lo cual haya cantores y maestro de capilla, los quales sean enseñados en el canto llano, y canto de órgano: y en los instrumentos de flautas, chirimías y trompetas: pues todo esto autoriza y ayuda, para el fin principal de la conversión delos indios”(42). Más preciso es aún en el capítulo XIII “De lo que se ha de Rezar y cantar en el Coro y de como se debe hacer la doctrina” de donde extraemos las siguientes indicaciones textuales:

    [...] el principal exercicio enlos pueblos delos indios y la mayor y más importante ocupación con ellos sea ca[n] tar y rezar la doctrina Christiana [...] muy demañana se ha de tañer la campana, y es la señal para que los cantores se junten enel choro, y los fiscales y alguaziles de doctrina, vayan por todas las casas y calles del pueblo juntando los muchachos para la doctrina [...] Iunto a los cantores enel choro , rezaran deuotamente el officio de nuestra Señora: [...] algunos clerigos he visto de tanto cuydado en enseñar deuocion alos indios que no contentandose co[n] solo rezar el officio de nuestra Señora, lo hazian cantar todos los días [...] con tanto gusto y desstreza que los más delos cantores de edad y aun los niños le sabian de coro, assi el punto [melodía] como la letra: [...] Estando ya los indios juntos, los Domingos, Miércoles y Viernes [...] Tendran a la puerta dela yglesia un pendon o vandera enhastada, debaxo dela qual estara[n] todos los ca[n] tores y muchachos de la escuela, y los niños dela doctrina. Y los indios y indias se ha[n] [de] ordenar a una parte y a otra para entrar en procesio[n] ca[n] ta[n] do la doctrina, la q[ua] l [iniciarán] entonados niños ca[n] tores los más habiles y de mejores vozes, y mas bie[n] enseñados: a los quales va[n] siguiendo y respo[n] die[n] do los otros niños y ca[n] tores ju[n] tame[n] te [con] todo el pueblo; repitie[n] do las mismas palabras co[n] el mismo tono…”(43).

La pertinencia de esta fuente se ve refrendada en nuestro estudio por cuanto, además de la analogía formal de los catecismos y confesionarios de los catecismos mapuches incluídos en las obras más arriba individualizadas, su autor fue Obispo de la diócesis de La Imperial en nuestro país y en tal calidad visitó por espacio de un año las misiones jesuitas chilotas en 1625. La importancia que Oré le asignó a estas misiones se manifestó inmediatamente en la consecución, ante las autoridades reales, de un contingente permanente en Castro de cuatro misioneros jesuitas. En virtud de esta disposición, se obtiene enseguida el privilegio de los fiscales de Chiloé para ser liberados del servicio personal. Probablemente también, gracias a la influencia de este obispo músico, pocos años después se asignan al contingente chilote, dos misioneros que introdujeron allí el canto y música religiosa: el padre Francisco Van den Berghen y el hermano coadjutor Luis Berger, provenientes de las provincia jesuita franco-belga.

3.1.6 Dos misioneros-músicos franco flamencos en la misión de Chiloé en el siglo XVII

Sobre Van der Berghen -cuyo apellido castellanizó en Vargas-, la mayoría de los autores que se han preocupado del área, le asignan la introducción de los cantares religiosos en la isla así como de la doctrina cristiana en verso; ninguno de ellos sin embargo aporta dato alguno relativo a su formación y actividad musical específica. Recién llegado de la provincia franco-belga, fue destinado a Chiloé en 1630, en donde misionó hasta 1639. Luego se traslada por algunos años a las misiones de Arauco para volver por un segundo período a las islas, esta vez entre 1649 y 1651. Luis Berger -cuya presencia ha pasado casi desapercibida en la literatura referida a las manifestaciones religioso-musicales del archipiélago de Chiloé- era originario de Abbeville, Francia -aunque existen datos que pudo haber sido en la zona de Arras, Bélgica-, donde había nacido en 1590. Ingresó a la Compañía en 1614 pasando dos años más tarde a la provincia del Paraguay en donde fue considerado el primer artista llegado a la provincia. Alrededor de 1626 se dice de sus actividades y oficios: “pintor, médico, platero, músico y danzante [...] amigo de enseñar a los indios a tocar bigüelas de arco con que ha reducido por su parte a muchos infieles”(44). Trás él iban como cautivos los indios, y oyéndole cantar y tocar, permanecían hasta cuatro horas, como inmóviles y como extáticos…”(45). Al parecer era idea de los superiores que el hermano Berger fuese sirviendo con su arte en las distintas misiones de la provincia donde fuese menester.

En un documento fechado en Roma en 1631, el propio General de la Compañía, dirigiéndose al Provincial de Córdoba, expresa con toda claridad “Menester es que V.R. use de mucha caridad con el Provincial de Chile, prestando por un par de años al hermano Luis Berger, para que introduzca la música en Chiloé [...]“(46). A pesar de algunas diferencias entre las fechas en Berger estuvo en Chile las fuentes consultadas coinciden en que habría permanecido en este desempeño por el espacio al menos de tres años, a mediados de la década del treinta(47). El viaje de regreso le afectó seriamente su salud; permaneció algún tiempo en Córdoba recuperándose y luego siguió a Buenos Aires donde murió alrededor de 1643. Sin duda que aparte de la introducción y enseñanza de los cantos e himnos religiosos, estos músicos pudieron haber introducido la práctica instrumental y junto a ella alguna música profana. Por otra parte, no debemos dejar de considerar que Berger, era un experto danzarín e instrumentista de cuerdas frotadas. Con respecto a esta primera condición, interesante resulta considerar que, por la época de nacimiento de Berger, se publica en Francia la Orchesographie (Langres:1588)(48), quizás el primer tratado centroeuropeo sobre danzas populares y cortesanas del que se tenga noticia. En un ámbito especulativo, se podría señalar que probablemente el misionero conoció esta obra o que al menos conoció el tipo de danzas allí descrito y por tanto bien pudo haberlo aplicado con los naturales de las misiones en que le tocó servir. El misionero jesuita Francisco Xarque, en su obra Insignes misioneros (Pamplona, 1687) refiere la práctica dancística en reducciones de la provincia del Paraguay en los siguientes términos:

    “No menos atraen las danzas de los niños a los grandes a la iglesia, teniendo por suma dicha ver a sus hijos galancitos danzar en las festividades y procesiones con raro primor. Porque un niño de 8 años hará 80 mudanzas sin perder el compás de la vigüela o harpa, con tanto aire como el español más ligero. Soy testigo ocular y admiré en tanta inocencia tal destreza. Por medio de maestros seglares se introdujo esta enseñanza en los indios, y éstos aprendieron tan bien, que ya sirven de maestros unos a otros. Así en cada pueblo fórmanse 4 cuadrillas de a 8 danzantes, que de ordinario son los mismos que aprenden la música. Todos visten a lo español, de gala, y cada cuadrilla con librea distinta de las otras. Estas danzas son todas de cuenta como los mejores de Europa”(49).

En relación a su condición de instrumentista de cuerdas, las fuentes lo asocian indistintamente al laúd, la citara, el violín y más frecuentemente al violón, que puede ser la viola da gamba en su modelo bajo(50). Dadas las dimensiones de este último instrumento, difícil parece que este haya sido el modelo incluído en su equipaje para ser transportado por el jesuita cruzando la cordillera y luego navegando por canales transportándolo de isla en isla. Me inclino, más bien, a pensar que podría tratarse de un modelo reducido de cordófono de frotación, también de ejecución da gamba, es decir, estando sentado y apoyado sobre los muslos; entre estos, por la época existían los pertenecientes a la familia de las fídulas y de los rabeles. Es posible hipotetizar que el instrumento de Berger, al menos el llevado a la isla, haya sido precisamente el rabel, y confirmando esta idea se encuentra la primera mención del rabel chileno en 1655, por lo que su inclusión al instrumentario colonial chileno puede relacionarse con la presencia de este jesuita en el país. Otro antecedente al respecto, es que este instrumento se empleó también para el acompañamiento de la poesía popular de carácter religioso, y en cuanto a su dispersión hasta mediados del siglo XX -Chile Central y Chiloé- coincide absolutamente con la presencia jesuita en misiones y colegios en nuestro territorio(51).

3.1.7 El paradigma misional paraguayo

Es conocido el esplendor que alcanzaron en la segunda mitad del siglo XVII y la primera del XVIII las misiones jesuitas de la provincia paraguaya, que incluía como ya hemos dicho, a los pueblos de indios de la zona comprendida del oriente boliviano, Paraguay y noreste argentino, como es el caso de las misiones de los Moxos, Guaraníes y los Chiquitos, por ejemplo. Allí, la utopía jesuita de la ciudad católica alcanzó su máxima expresión pasando a constituirse el modelo deseado para toda la zona(52). De los adelantos de la fe y policía cristiana el padre de Ovalle, a mediados del siglo XVII, afirmaba que “solamente de las [almas convertidas] que la Compañía de Jesus ha sacado de los montes y reducido a Dios en el Paraguay, podría hacerse libro aparte”(53). Refiriéndose a su misión en Paraná del año 1614, el religioso Francisco del Valle nos cuenta que utilizaban la música “para que arraigue en ellos más la religión cristiana; acostumbrándolos a asistir cada día a la santa Misa, durante la cual, después de la consagración, entonan sus cánticos catequísticos y rezan las oraciones de la doctrina, lo cual hacen también por la tarde después de comer; al anochecer, al toque de campana se juntan en seis grupos, y cantan los mismo como en la iglesia, la doctrina”(54). Detalles aún más preciso incluye el padre A. Febrés en el imaginario “Diálogo entre dos caciques [mapuches] , el uno llamado D. Ignacio Levihueque, el otro D. Pedro Llancahuenu”(55), en que este último narra a su interlocutor lo visto en las misiones de los Guaraníes, después de haber haber salido de la araucanía hacia Santiago, cruzando la cordillera y pasando por Mendoza y Buenos Aires:

    “Esto nomás te contaré, como rezan los Guaraníes, como oyen Misa, y oyen la palabra de Dios: Muy de mañana andan por el pueblo dos Fiscales, que despiertan a toda la gente, y juntan á los muchachos, y á las muchachas: estando ya juntos en la plaza con uno, ó dos tamboriles, van á la Iglesia rezan, y oyen la Misa: despues entran en el pátio de los Padres, les dan un poco de comida, despues parte de niños entra en la Escuela de escribir; otra parte á la de música, otra parte á las oficinas del trabajo; los otros muchachos, y muchachas salen fuera del pueblo a trabajar en la campaña, llevando cargado su pequeño Santo, que es S. Isigro [sic], con sus tamboriles, y flautas: y de este modo se vuelven, quando va baxando el Sol, otra vez rezan en la Iglesia, y pátio, y haciendose de noche, se vuelven a su casa: de esta suerte pues, no se crian de valde los chiquillos. Los Domingos toda la gente oye Misa, y oye la palabra de Dios, que el Padre predica: se confiesan, y comulgan en la Quaresma, y otras veces en el año: si vieras la fiesta que hacen el día de Corpus, el día del Santo Patron del pueblo, y sus danzas, si oyeras sus cantos, y demas música que tienen, sin falta te sacarían las lágrimas de puro gozo de tu corazón; pues yo te asseguro mucho esto, que he visto Ciudades de Españoles, y sus Iglesias en las fiestas, mas las fiestas de estos no son como las de los Guaranies, ni tan grandes, ni tan hermosas. Ay! Oxala estuvieran assí en pueblos los Indios de esta tierra![ ...]“(56).

En estas dos citas se observa la notable homegeneidad de los procedimientos catequísticos jesuitas en el área por la época. Esta cuestión resulta absolutamente normal por cuanto Chile, como se ha señalado anteriormente, formaba parte a principios del siglo XVII, de la misma provincia del Paraguay, por consiguiente, sus procedimientos eran idénticos y el contigente misionero, como se ha visto, pasaba de un lugar a otro según lo requiriese las necesidades de cada misión. El notable párrafo de Febrés pone en evidencia que el ideal misional jesuita en Chile era precisamente el de estos pueblos paraguayos y tanto este autor como Havestadt, mencionan en sus cancioneros doctrinales el “tono de las misiones del Paraguay”. Si no fue logrado en las misiones entre los araucanos, entre los chilotes, sin embargo, se alcanzó el desarrollo de prácticas e instituciones musicales análogas, plenamente vigentes hasta el presente y de la que han dado cuenta numerosos estudios folclóricos sobre la isla(57).

3.2 Música en colegios y casas de formación

Las referencias sobre las prácticas musicales en este ámbito son escasas y sólo por deducciones podemos plantear que éstas estuvieron presentes desde sus inicios. De partida, la enseñanza de la doctrina a los alumnos de los establecimientos educacionales no debe haber distado mucho de la impartida a los naturales y esclavos de color, ya que los estudiantes participaban en las fiestas religiosas populares agrupados en su propia congregación dedicada a la Concepción (ver cita correspondiente a la nota 21) y en tal calidad practicaban el canto y el baile procesional. El padre De Ovalle describe que “es contento verlos ir a la plaza en procesión con sus estandartes, cantando las oraciones, y mucho más el oirlos después a las puertas de la iglesia Catedral, donde se hace la doctrina… “(58). Enrich, al dar cuenta del estado de las establecimientos de la Compañía, ya entrado el siglo XVII señala que el colegios San Miguel, en Santiago:

    “[...] á pesar de sus cortas rentas, continuaba la construcción de su magnífico templo, y mantenía las cátedras de teología escolástica y moral, filosofía y gramática latina, y la escuela de primeras letras, en que enseñaban á leer, escribir, y contar á centenares de niños. A todos los alumnos, y especialmente á estos, se les enseñaba la doctrina cristiana, que cada semana cantaban por las calles, yendo a la catedral, en cuyas gradas tenían sus certámenes sobre algunos puntos [...]“(59).

Un medio muy recurrido también lo constituyeron las representaciones dramáticas moralizantes -autosacramentales, coloquios y diálogos- de estudiantes con concurrencia de música tanto vocal como instrumental. Una vez más, de Ovalle nos informa que incluso las funciones religiosas eran a menudo complementadas con “alguna representación que hacen los estudiantes, a lo divino; otras, alguna oración o poema al intento de la fiesta con buena música, y alguna vez, entre muchos a manera de colloquio”(60). Entre los montajes, originales o adaptados, más representados se encontraban los conocidos como “Las tres Marías”, “El descendimiento de la cruz”, “El juicio”, “La epifanía”, “El sacrificio de Isaac” y “La danza de la muerte”, los que según Nicolás Peña “eran representadas por miembros del clero, estudiantes, y en los conventos de monjas, por ellas mismas”. Este mismo autor señala que en las procesiones de los autosacramentales, tras los gigantes muñecos de cartón que simbolizaban al Pecado, la Muerte, la Herejía etc., el pueblo “los seguía cantando himnos y bailando danzas españolas, algunas tan indecentes como la sarabanda(61).

Uno de los autosacramentales más destacados de la época fue el representado por alumnos jesuitas en 1663 dedicado al Misterio de la Concepción Inmaculada de María, declarado por su santidad Alejandro VII en el cual los estudiantes, disfrazados y enmascarados representaban a soberanos y al papa(62). Probablemente se trate del mismo “Coloquio de la Concepción” descubierto en Madrid por el historiador jesuita peruano Rubén Vargas Ugarte(63). Por otra parte, estudiantes y novicios conocían muy bien el repertorio monódico que era patrimonio común de los religiosos de la Compañía y en las celebraciones litúrgicas participarían tanto de la ejecución vocal como instrumental. De hecho, el célebre órgano barroco construído por el hermano coadjutor Jorge Krazer, fue mandado a facturar originalmente para la Iglesia del Colegio Máximo de San Miguel. De la inclinación por el acompañamiento instrumental en las fiestas de la Virgen se queja el padre Manuel Bissus cuando pide que “se debe mirar más a la devoción que a la competencia y que canten las letanías sin concurrencia de músicos de afuera”. Al año siguiente, la inclinación por la práctica musical entre los estudiantes debió ser tal, que motivó de este mismo padre el siguiente comentario incluído en el Libro de las Ordenanzas y Constituciones y reglas del Convictorio de San Francisco Javier:

    “Ya que se han moderado algunos gastos superfluos y atajado varios desórdenes en los días en que los estudiantes tienen conclusiones, no se les permita el que de nuevo han introducido, de pagar músicos que toquen y canten en el aposento del sustentante, pasando la noche en esta vana celebración[...]“(64).

3.3 Instrumentos musicales

Ya hemos visto que en la práctica misional la principal práctica musical era el canto. Oré, un par de décadas antes de ejercer como obispo en La Imperial a partir de 1626, prescribe, en la fuente ya revisada, la enseñanza de aerófonos tales como flautas, trompetas y chirimías. Con la presencia del hermano Luis Berger hacia fines del primer cuarto de siglo XVII encontramos en Chiloé la presencia de cordófonos frotados -viola da gamba y/o rabel-. A lo largo de ese mismo siglo, encontramos testimonios de iglesias premunidas de campanas y órgano. Hasta mediados del siglo XVIII, por lo menos en las ceremonias del Colegio Máximo en Santiago se sirvió “del arpa en las funciones ordinarias y de la orquesta en las solemnidades”(65) siendo el maestro director don Nicolás de Erazo. No sabemos aún de que instrumentos estaba formada tal agrupación, sin embargo podemos imaginar que esta sería mejorada con la llegada en 1746 del Padre Carlos Haymhausen quien trajo de Ausburgo cinco cajones con instrumentos músicos cuya especificación no conocemos. Una idea de su posible contenido instrumental podemos deducir gracias al testimonio de padre Antonio Sepp, formado precisamente en Ausburgo, y que sirvió en las reducciones paraguayas entre 1691 y 1733. Cuenta este misionero músico que a su arribo a la provincia, por Buenos Aires, y hospedado en el Colegio San Ignacio, el Provincial y otros religiosos quisieron oirle tocar y conocer los instrumentos traídos. Éstas son sus palabras:

    “Pues, les tocábamos una pieza en la Trompa grande, traída de Ausburgo, y otra en la Trompa chica, traída de Génova. Tal cosa nunca habían oído estos buenos Padres. Pero lo que les arrebató el corazón, era la música tocada con el dulce Psalterio. Yo había usado de la traza que nadie me podía ver, sino sólo oir desde lejos; pero no podían contenerse por más tiempo y todos acudieron abriendo los ojos y los oídos. Después toqué en compañía con el Padre Böhm diferentes clases de flautas, las que había comprado en Génova; después también el violín y lo mismo en la Trompa Marina [...] , la que hice fabricar en Cádix”(66).

En la casa de la Compañía en Castro al momento de la expulsión, en 1767, se inventariaron junto a numerosas herramientas para trabajar la madera, un instrumental más modesto compuesto por un violín y dos guitarras(67), mientras que Havestadt, en el cancionero incluído en su obra ya reseñada, especifica para el acompañamiento de las canciones doctrinales al clavecín u órgano. Con respecto a este último instrumento existen los siguientes datos del construido por artesanos jesuitas: como he señalado más arriba, el rector del Colegio Máximo de San Miguel mandó a construir un órgano para la iglesia del mismo nombre. Este encargo fue realizado en los talleres de la hacienda jesuita de Calera de Tango y terminado en 1753 por el hermano Jorge Kratzer -también Krazer o Kranzer- quien era organista y organero. El estilo del instrumento, era barroco, correspondiendo su factura a un modelo barroco-bávaro de principios de siglo XVIII, de tamaño no muy grande “pero sí de muchos y bien articulados registros y de voces muy suaves y armoniosas [...] con sus emblemas dorados y majestuosas líneas que realzan la solemnidad del estilo. Las viejas tuberías eran de plata, mas, al cambiarlas se agregaron los churrigerismos exagerados que cubren, en parte, los portadores de voz…”(68). Tras el alejamiento de los miembros de la Compañía, este instrumento pasó a la Catedral figurando destacadamente en las ceremonias con que se celebraron las honras fúnebres de Carlo III -quien paradojicamente firmó el decreto de expulsión de la orden- y el advenimiento al trono de su sucesor Carlos IV en 1789. La marquetería original del instrumento -no así su mecanismo ni tubería original- se conserva actualmente a un costado del altar mayor de la Catedral de Santiago.

4. CONSIDERACIONES FINALES

La primera consideración una vez concluída esta primera aproximación, es la confirmación de nuestra apreciación inicial referida a que el tema “jesuitas y música en Chile”, como un solo universo, ha sido hasta nuestros días un tema pendiente para la musicología tanto nacional como extranjera. Resulta evidente que ninguna de nuestras primeras figuras en la especialidad ha tenido la intención o la posibilidad de acceder a fuentes originales cuando se han referido al punto. Hasta el momento, todos los aportes han sido elaborados en base a la indagación bibliográfica de segunda y tercera mano, cuestión en la que también cabe el presente artículo, con la excepción del estudio de las obras linguísticas-doctrinales de los padres Oré, Valdivia, Febrés y Havestadt, en que se trabajó con los originales, sus versiones en facsímil o en microfilm. Estoy convencido que al descuidar este tema, se desperdicia una buena oportunidad para dilucidar materias histórico-musicales y socio-musicales de trascendencia a nivel regional y local . A nivel regional, porque que ningún panorama regional de la música jesuíta en el área sudamericana resulta completa sin el estudio de la actividad que al respecto se realizó en Chile. Esta cuestión alcanza tanto a la referida provincia del Paraguay como a la del Perú, con las que la región chilena compartió una misma administración, un mismo sistema de actividad doctrinaria y muchas veces, como ha quedado demostrado, un mismo contingente misional. Tales relaciones alcanzan también, y por la misma causa, a la presencia jesuita en la Argentina, especialmente en las zonas de Mendoza, Córdoba y Tucumán y parcialmente a zonas del Alto Perú, actual Bolivia. Por consiguiente todo avance en el estudio local incidirá en el panorama regional.

A nivel local, la actividad investigativa en el tema jesuitas, que a futuro pudiera realizarse, se relaciona necesariamente con los ámbitos de la musicología histórica pero además, y muy principalmente, con las de la etnomusicología, por cuanto es en el ámbito de las manifestaciones de tradición oral en donde con mayor presencia se manifiesta su legado. Nos referimos específicamente a los complejos ceremoniales religiosos en las zonas de mayor irradiación jesuita, a saber, en las áreas chilotas y de Chile central. El fenómeno de refracción que el pueblo mapuche presenta frente a la labor musical y doctrinal jesuita es otro aspecto que aún no ha sido abordado por nuestra disciplina. Dada la amplitud del universo revisado, será necesario, para su profundización, dividirlo en estos dos grandes ámbitos: el de las manifestaciones musicales de tradición oral derivadas de la actividad misional y el de las manifestaciones referidas a la música de tradición escrita adscritas a la actividad en colegios, casas e iglesias. La primeras, que perviven a nivel de manifestación popular, son evidentes y de relativa facilidad para su acceso. En cuanto al segundo, se hacen necesarias la ubicación e investigación de un enorme universo de documentos custodiados en archivos locales y extranjeros, en los cuales, junto a las citas de la actividad musical, pueden llegar a ser encontradas partituras de obras que aún esperan su rescate. Es posible, además, que futuras investigaciones -idealmente interdisciplinarias y regionales- puedan llegar a determinar un sistema que ilumine la dinámica e interacción de músicos, instrumentos y sus repertorios, como las documentadas en los tiempos del desarrollo de la orden en nuestro país, entre la región chilena, perú-boliviana, argentina y paraguaya, por ejemplo. El estudio de los actores musicales y su impronta deberá tomar en cuenta el origen y nacionalidad de sus componentes, aún cuando se observe una aparente uniformidad de procedimientos emanados de los concilios limenses del siglo XVI que recogen a su vez los edictos tridentinos. Así por ejemplo, en la actividad musical de los misioneros que hemos esbozado en el presente trabajo, encontramos influencias más o menos evidente de tal cuestión, al constatar que, además del sustrato principalmente hispánico del contingente que operó en el país, resultan claras las improntas culturales de flamencos y alemanes.

Por último, quisiera volver a destacar el carácter necesariamente interdisciplinario a la que esta tarea llama. Los estudios parciales en áreas como la teología, la arquitectura, la sociología, el teatro, la literatura, las artes plásticas e incluso las del área científica y tecnológica, en torno al importante aporte de la Compañía de Jesús en Chile en nuestro período colonial, deben constituir un necesario referente y complemento para los futuros estudios de carácter musicológico. Concluyendo, y en relación al tema específico de las prácticas misionales músico-doctrinarias jesuitas en Chile, pueden advertirse las siguientes características que anoto a continuación.

a. Constituyen un posible sustrato de la religiosidad popular actual Nos referimos a las manifestaciones rituales populares, tanto en la isla de Chiloé como en Chile central -que están determinadas por el calendario litúrgico- en las que, por ejemplo, participan las bandas de cabildo en la isla, los poetas populares en el valle central y los bailes de cofradía más al norte. A nivel geográfico estas tres manifestaciones coinciden exactamente con las zonas de presencia e irradiación jesuita que datan del siglo XVII.

b. Están asociadas a otras manifestaciones artísticas La práctica musical se observa relacionada a otras formas de expresión artística, tales como la literatura y la danza a la que le asisten también elementos teatrales o al menos histriónicos, aspectos todos utilizados por los misioneros jesuitas en sus actividades doctrinales.

c. Es principalmente vocal En la práctica musical misional se observa un predominio de las formas cantadas aunque éstas a menudo van acompañadas de instrumentos. En la actividad de danza o procesional los testimonios tempranos señalan como instrumentos acompañantes a aerófonos, originalmente flautas, e instrumentos de percusión del tipo membranófono con presencia de algunos idiófonos. Sin embargo el desarrollo del cancionero religioso alcanza mayor notabilidad, en el canto a lo divino, que ha irradiado también a las temáticas a lo humano. En este modalidad los instrumentos que se le supeditan son principalmente cordófonos tales como la guitarra y el guitarrón, aún cuando existen noticias de este mismo rol acompañante también del rabel.

d. Es eminentemente masculina Tanto las manifestaciones vigentes como las referencias de tipo documental, indican un claro predominio de participantes masculinos. En efecto, varones son los fiscales, los músicos de las bandas, los poetas populares y los danzantes de las cofradías. Genéricamente, el rol femenino siempre ha estado en un plano secundario y complementario, pudiendo agregarse que desde un principio las citas nos hablan de una discriminación al respecto, por ejemplo cuando los misioneros insisten en separar en filas distintas a hombres y mujeres al momento de ingresar al templo u organizar una procesión. Los niños elegidos para repetir la doctrina así como los cantores siempre fueron varones. Cualquier manifestación de este tipo en que actualmente participen mujeres, pueden leerse como nuevos aportes y prácticas en este ámbito.

e. Es jerarquizada Todas las instituciones religioso-musicales reconocen el principio de autoridad y antigüedad en sus componentes. La orden jesuita se basa también en este mismo principio, por lo que tal característica no es extraña a la institucionalidad musical derivada de su actividad evangélica. La figura del fiscal como la del caporal no son sino una manifestación de esto, como asimismo los símbolos materiales que estos manejan y visten. En el canto a lo poeta son conocidas también las modalidades de canto que guardan un orden más o menos estricto en este sentido, como las observadas en el canto en rueda o redondilla.

f. Es espectacular Con este término me refiero a la importancia del impacto visual y auditivo entre los asistentes y participantes con concurrencia de una parafernalia más o menos elaborada en cuanto a ornamentos, vestuario, iluminación, colores y olores. Desde las primeras noticias que hemos hallado se habla de cómo estos elementos impresionan a la feligresía participante y contribuyen a la eficacia del mensaje simbólico religioso. El grado de virtuosismo musical, tanto vocal como instrumental, así como el coreográfico alcanzados por sus cultores se enmarcan también en este concepto.

g. Es localizada Con esto quiero decir que, a pesar que a lo largo de nuestro terrotorio se encuentran elementos comunes tanto de metodología como de contenidos, es posible advertir peculiaridades regionales. Son singulares las manifestaciones religioso-musicales en el área chilota, como lo son también las del Valle Central. Entre ambas, también son y han sido específicos los fenómenos culturales que al respecto se produjeron en el área mapuche. Una cuarta área, que prácticamente no hemos abordado aquí, puede distinguirse en las regiones al norte de Santiago, en los asentamientos jesuitas desde Quillota a La Serena.

http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0716-27901997018800001&script=sci_arttext

1 Véanse por ejemplo de Luis Szarán y Jesús Ruiz Nestosa: Música en las reducciones jesuíticas, Asunción, Fundación Paracuaria-Missionsprokur S.J. Nürberg, 1966; Gerardo Huseby, Irma Ruiz y Leonardo Waisman: “Un Panorama de la Música en Chiquitos”, en Las misiones jesuíticas de Chiquitos, La Paz, Bolivia, Pedro Querajazu, editor y comp., Fundación BHN, La Papelera S.A., 1995. Estos mismos investigadores llevan cabo actualmente el proyecto de investigación y desarrollo “Historia y antropología de la música en Chiquitos” del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de la Argentina, con sede en el Instituto Nacional de Musicología “Carlos Vega” de Buenos Aires, en el que participa también Bernardo Illari, quien escribiera en 1993 el trabajo “Chiquitos: una pequeña historia de las actividades musicales europeas en la región”, Córdoba, 1993, inédito; Piotr Nawrot, S.V.D., Música de vísperas en las reducciones de Chiquitos, Bolivia (1691,1767), La Paz, Secretaría Nacional de la Cultura, Compañía de Jesús, Misioneros del Verbo Divino, Archivo Musical Chiquitos, Imprenta Don Bosco, 1994; Francisco Curt Lange: “El extrañamiento de la Compañía de Jesús del Río de la Plata (1767)”, [Primera parte] en RMCh, XL/165 (enero-julio,1986), pp. 4-58; Samuel Claro Valdés, “La Música en las Misiones Jesuitas de Moxos”, en RMCh, XXIII/108 (julio-septiembre,1969), pp. 7-31.

2 Los orígenes del arte musical en Chile, Santiago, Imprenta Universitaria, 1941, pp. 21 y 22 en donde describe el cancionero incluído en la obra del padre Andrés Febrés (1775). La fecha que el autor proporciona respecto a las primeras noticias de los jesuitas en Chile, 1591, es errónea, ya que estos llegan dos años más tarde. Otra mención de la actividad musical jesuita en Santiago en pp. 37-38. Al parecer Pereira Salas no habría tenido noticias de la obra del padre Luis de Valdivia (1606) ni la del padre Bernardo de Havestadt (1777).

3 “La música sacra en Chiloé”, en RMCh, VIII/43 (septiembre, 1952), pp. 76-82. El autor se basa en Pedro Barrientos Historia de Chiloé, Ancud, Imprenta La Cruz del Sur, 1948, el que junto a las obras del padre Francisco Cavada, Chiloé y los chilotes, Santiago, Imprenta Universitaria, 1914 y Jorge Schwartzenberg y Arturo Mutizábal Monografía geográfica e histórica de del archipiélago de Chiloé, Santiago, Nascimento, 1926, conforman la trilogía de historiadores chilotes que mencionan este mismo asunto. Isidoro Vásquez de Acuña en su Costumbres religiosas de Chiloé y su raigambre hispana, Santiago, Centro de Estudios Antropológicos, 1956, prologado por C. Lavín, resume todos estos aportes en el capítulo octavo “Algo sobre música sacra” en el que repite las melodías transcritas por Lavín, añadiendo otras tres en las páginas 69, 70 y 100.

4 Historia de la música en Chile, Santiago, Orbe, 1973, pp. 23-24. Claro tampoco parece haber trabajado directamente con esta fuente, ya que se sirve de la descripción que de este corpus hace el historiador Carlos Keller en una trabajo inédito sobre Havestadt que data de 1971.

5 Véase especialmente su capítulo II “La Evangelización en Chile”, en El Divino Redentor, Santiago, Unesco, 1984, p.15 y siguientes, en que citando a Francisco Enrich y Gerónimo de Mendieta, desarrolla brevemente los temas “¿Cómo llegaron los jesuitas a Chile?”, “Cómo enseñaban la Doctrina”, “Cómo cantaban la doctrina”, etc.

6 Capítulo III “La hegemonía cultural jesuita y el barroco” en su obra La cultura chilena, Santiago, Editorial Universitaria, 1982.

7 Walter Hanisch Espíndola, Historia de la Compañía de Jesús en Chile (1593-1955), Buenos Aires, Editorial Francisco de Aguirre, 1974. Ver capítulo tercero “El Apogeo (1683-1767)”, los títulos “Al servicio de lo espiritual por medio del arte y la artesanía” y “Músicos y música”, en las páginas 109 y 132, respectivamente.

8 Del primero véase Jesuitas y mapuches 1593-1767, Santiago, Editorial Universitaria, 1996; del segundo, en colaboración con Ignacio Salinas J. y Patricio Basáez, consúltese Las iglesias misionales de Chiloé, Santiago, Departamento de Historia y Teoría de la Arquitectura, Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad de Chile, 1995.

9 En relación a este tema, extraña la ausencia en la bibliografía de Montecinos, de la obra del jesuita José Manuel Peramás (1732-1793) La república de Platón y los guaraníes, Buenos Aires, Emecé, 1947, cuyos dos primeros capítulos abordan precisamente los aspectos urbanísticos y arquitectónicos de estas misiones, incluyendo un plano paradigmático de un pueblo jesuita.

10 Esta distinción la hemos basado en la propuesta de Hanisch, (1974:3), quien plantea cinco períodos para la historia de la Compañía de Jesús en Chile: I. Los comienzos, desde 1593 hasta 1607; II. El crecimiento, desde 1607 a 1683; III. El apogeo, entre 1683 y 1767; IV. La expulsión, supresión y sobrevivencia, desde 1767 hasta 1814 y V. Segunda vida nueva, desde 1814 hasta 1955.

11 Alonso de Ovalle, S.J. Histórica relación del reyno de Chile, Roma, 1646. Santiago, Colección de Historiadores, 1888 tomo segundo, libro octavo, capítulo V, “De la primera entrada de la Compañía de Jesús en el reyno de Chile”. Ovalle cita como fuentes las cartas ánuas de 1594 y 1595 y según sus datos la expedición partió el 9 de febrero del Perú, desembarcando en Coquimbo 39 días después -o sea el 19 de marzo- en donde permanecieron 15 días, partiendo luego a la capital alrededor del 7 de abril adonde abrían llegado el lunes 12 de amanecida. El español Antonio Ybot León en su obra La iglesia y los eclesiásticos españoles en la empresa de Indias, Barcelona, Salvat, 1963, p. 913), da erróneamente como fecha de zarpe del Callao el día 6 de febrero, acotando que el navío se llamaba “San Francisco Javier”. W. Hanisch, (1974:7), consigna como fecha de zarpe del Callao también el 9 de febrero, mas, señala que el arribo a Santiago fue el 11 de abril.

12 Los otros miembros fueron los padres Luis de Estella, padre espiritual; Luis de Valdivia, por entonces maestro de novicios en Lima; Gabriel de Vega; Hernando de Aguilera; Juan de Olivares y los hermanos coadjutores Miguel Teleña y Fabián García. Aguilera y Olivares eran chilenos y este último, por encontrarse por entonces en Potosí llego en otro barco, poco después.

13 A raíz del largo conflicto de la guerra de Arauco el padre Valdivia fue requerido por las más altas instancias, tanto en Perú como en España, adonde viaja en 1609, para asesorar e implementar un plan para acabar con ella. Su propuesta de una “guerra defensiva” fue apoyada experimentalmente otorgándosele amplios poderes y atributos. En este marco se produce la designación del gobernador de Chile, don Alonso de Ribera, el parlamento de Paicaví con los caciques araucanos y la inmolación de los primeros mártires jesuitas, los padres Martin de Aranda y Horacio Vecchi, en diciembre de 1612. Sobre este tema véase de Horacio Zapater La búsqueda de la paz en la guerra de Arauco: padre Luis de Valdivia, Santiago, Andrés Bello, 1992; también Foerster, op. cit, capítulo III “El amparo de la frontera y el reconocimeinto del otro. La guerra defensiva (1612-1638)“; Francisco Frías Valenzuela, Manual de Historia de Chile, Santiago, Zig-Zag, 1993, pp. 120-121, Alonso de Ovalle, op. cit., tomo II, libro séptimo, y Walter Hanisch, (1974:22-26).

14 Walter Hanisch, (1974:34).

15 En relación a este tópico véase de Magnus Mörner Actividades políticas y económicas de los jesuitas en el Río de la Plata, Buenos Aires, Paidos, 1985, y de Guillermo Bravo “Temporalidades jesuitas en el Reino de Chile (1593 – 1800)”, tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 1985.

16 Historia de la Compañía de Jesús en Chile, Barcelona, 1891, 2 vols.

17 Enrich, op. cit. p. 313.

18 Véase del historiador argentino Vicente D. Sierra Los jesuitas germanos en la conquista espiritual de Hispanoamérica, Buenos Aires, 1944, p. 179, citado por H. Godoy,(1982:146).

19 Op. cit. , libro octavo, capítulos VII, XI, XV y XXI.

20 Véase Rolf Foerster, (1996:31), quien basa esta afirmación citando a Xavier Albó, S.J. “Jesuitas y culturas indígenas. Perú 1568-1606″, en América Indígena, Lima1966, XXVI, 3, p. 261.

21 Op. cit., pp. 218-219.

22 Ibid., p. 220.

23 Ibid., p. 222.

24 Ibid., pp. 223-224.

25 En rigor ambas áreas pertenecían a la diócesis de la Imperial, instituida en 1563. Luego del desastre de Curalaba, en 1598, ésta se radica en la ciudad de Concepción abarcando el territorio comprendido desde el río Maule hacia el sur.

26 En la otra banda se fundaron bajo la misma administración chilena las ciudades de Santiago del Estero en 1553 y Mendoza en 1561.

27 Op. cit., pp. 64-65. Para un análisis en profundidad de la historia, sentido y significado de las misiones en la Araucanía véase también Foerster, op. cit., capítulos III, IV, V y VII los que incluyen planos de las misiones en esa área para los años 1639, 1645, 1655 y 1720. En p. 395 se presenta un “Balance y perspectiva de la obra misionera en las dos primeras décadas del siglo XVIII”.

28 Este tema ha sido tocado por todos los historiadores de la Araucanía. Véase por ejemplo los ya citados trabajo de Zapater y Foerster -especialmente su capítulo V “La Cruzada contra la Esclavitud (1655-1683). No faltan, sin embargo, figuras como las del padre Diego Rosales que fueron críticos de esta línea pacifista, considerando que el estado guerra y la esclavitud cobriza, como se le llamó, eran inseparables e inevitables.

29 3ª anua de 1611 del Padre Diego de Torres en que cita la carta del padre O. Vecchi, en Documentos para la historia argentina, XIX, Iglesia, “Cartas Anuas de la provincia del Paraguay, Chile y Tucumán, de la Compañía de Jesús (1609-1614)”, Buenos Aires, 1927, p. 121.

30 Carta del capitán Vasco de Contreras al gobernador de la época , en Enrich, tomo I, p. 702, citado por Foerster, (1996:236).

31 Confróntese “Havestadt (P. Bernardo)” en J. T. Medina op. cit., tomo III, pp. 55-61. También véase la excelente traducción y versión de este viaje, realizada por Mauro Matthei O.S.B., que se incluye en el libro de Sergio Villalobos Los Pehuenches en la vida fronteriza, Santiago, Ediciones Universidad Católica de Chile, 1989, pp. 83-91.

32 Es evidente que los años no se refieren a cuando misionó, sino a cuando fue escrita la relación, por cuanto en esa fecha la expulsión ya se había llevado a cabo.

33 Citado por W. Hanisch, La isla de Chiloé, capitana de rutas australes, Santiago, Academia Superior de Ciencias Pedagógicas, 1982, pp. 247-250. El destacado de aspectos músico-rituales es mío.

34 Nos referimos a la obra Los jesuitas en el antiguo reino de Chile y su actividad misional, cuyos capítulos IV y V, fueron editados como suplemento a la Revista “San Javier”, en Puerto Montt, [1934] .

35 Harter, op. cit., pp. 18-20. Las negritas son mías, las cursivas del autor.

36 Harter, op. cit., pp. 21-22. Las negritas son mías, las cursivas del autor.

37 Sobre esta fuente véase mi trabajo “El Symbolo Catholico Indiano de Fray Luis Gerónimo Oré (Lima,1598): síntesis e interpretación de aspectos músico-doctrinales” que fue aceptado por el comité editorial de la revista del Instituto de Música de la Universidad Católica de Chile, de pronta aparición; también existe traducción al portugués a cargo del musicólogo Paulo Castagna, que será editada proximamente en la Revista ARTEunesp, de la Universidad Estatal de Sao Paulo, Brasil.

38 La edición facsimilar de Julio Platzman, Leipzig, 1887, lleva este otro título: Arte, vocabulario y confesionario de la lengua de Chile.

39 Sobre esta fuente véase de Víctor Rondón 19 canciones misionales en mapudúngún contenidas en el Chilidúgú (1777) del misionero jesuita en la Araucanía Bernardo de Havestadt (1714-1781), Santiago, Universidad de Chile, Facultad de Artes, Revista Musical Chilena, FONDART, 1997, que contiene la edición musical de este repertorio y un estudio preliminar.

40 Este franciscano nació en Huamanga, Perú, alrededor de 1554 y aparte de su formación religiosa, fue diestro en canto llano, órgano e instrumentos de tecla. En 1622 arriba a Chile para hacerse cargo del obispado de la Imperial, con asiento en Concepción, desde donde visitó Chiloé navegando por sus islas junto a los misioneros jesuitas, por espacio de un año. Pocos años más alcanzó a estar al frente de esta diócesis por cuanto falleció en ella en 1630.

41 Capítulo XII “Del ornato de las Yglesias y de los altares, folio 52. En estas citas breves he modernizados el castellano, no así en las más extensas.

42 Op. cit., folio 51 r.

43 Op. cit., folio 52 r. a 54 v.

44 Carta del Padre Provincial Nicolás Durán al Padre General, citado por Carlos Leonhardt, La música y el teatro en el tiempo de los antiguos jesuitas de la provincia de la Compañía de Jesús del Paraguay, Buenos Aires, 1924, p. 5.

45 Citado, sin especificar fuente, por Ybot León, op. cit., p. 903.

46 Carta del Padre General Mucio Vitelleschi, citado por Carlos Leonhardt, loc. cit. La cursiva es mía. Sin embargo, en la cita de esta fuente transcrita por el padre Juan Grenon en “Vida de un artista: H. Luis Berger, S.J.” en El Mensajero del Corazón de Jesús, segunda parte, Buenos Aires, 1920, tomo I, Nº 6, p. 530, se observa, entre otras diferencias, la sustitución de Chiloépor Chile.

47 Hanisch (1974:109), señala que fue en 1636 y por dos años, sin embargo no está claro como es que tardara cinco años en cumplir este expreso deseo del Padre General y que el padre Juan Grenón, loc. cit., afirme “Durante esta estadía en Chile, así se comunicaba el P. General con el P. Provincial en 30 de Noviembre de 1632: El H. Luis Berger desea yr a la Provincia del Perú, para entablar la música de violones…” El problema no resuelto es ¿estaba Berger en Chile ya en 1632 como se deduce de Grenon o llega en 1636 como lo señala Hanisch? Si fuese en esta última fecha, habría permanecido en las islas entre 1636 a 1638, mas, considerando otros datos, pudo haber sido entre 1632 y 1636, por cuanto existe otro documento del mismo Padre General, fechado en 1636, en que pide que ya regrese al Paraguay . Cfr. Carlos Leonhardt, loc. cit.

48 Esta obra, reimpresa en 1589 y 1596 también en Langres por Jehan des Preyz, fue escrita por el canónigo Jean Tabourot bajo el pseudónimo de Thoinot Arbeau.

49 Citado por Carlos Leonhardt (1924:6)

50 Sin embargo, no podemos olvidar que el término francés violon, se refiere al violín. Así, el término presenta una diferente denotación si es pronunciada por un francés o por un español.

51 En relación a este instrumento véanse de Carlos Lavín “El rabel y los instrumentos chilenos” en RMCh, X/48, 1955, pp. 15-28 y de Víctor Rondón “Contribución al estudio del rabel chileno” en Academia, Santiago de Chile, 1982, 4:181-197.

52 Confróntese la obra del Padre José Manuel Peramás (1723-1793) “De administratione guaranica comparate ad Republicam Platonia commentarius”, en De vita et moribus tredecim virorum paraguay-corum, Faenza 1793. Edición en español bajo el título de La República de Platón y los Guaraníes, Buenos Aires, Emecé Editores S.A., 1946.

53 Op. cit. , Libro Octavo, capítulo III, p. 201.

54 Sexta carta ánua del padre Diego de Torres, Córdoba 1615 refiréndose a la actividad del año anterior en la misión de Paraná, citando al misionero Fco. del Valle, copiado en las “Cartas Anuas de la Provincia del Paraguay, Chile y Tucumán de la Compañía de Jesús (1606-1614)”, en la obra Documentos para la Historia Argentina, ya citada, p. 467.

55 Este dugulún o “Diálogo entre dos caciques”, que aparece en mapuche y español, se encuentra en la citada obra, entre las páginas 101 a 145 y la referencia al uso de la música está específicamente entre las páginas 141 y 143.

56 Febrés, op. cit., pp. 141-144.

57 Entre estos aportes, destacan los trabajos de Carlos Lavín (1952) e Isidoro Vásquez de Acuña (1956) ya citados.

58 Op. cit., Libro Octavo, capítulo viii, p. 233.

59 Enrich, op. cit., tomo I, (libro segundo, cap.I, parágrafo 5) p. 378

60 Op. cit., Libro Octavo, capítulo vi, p.220. Tambien sin datos de páginas, citado por Mario Cánepa Guzmán en Historia del teatro chileno, Santiago, Editorial Universidad Técnica del Estado, 1974, p.17.

61 Prólogo a la obra Teatro dramático nacional, Santiago, Imprenta Barcelona, 1912, pp. xvi y xvii.

62 Véase de Miguel Luis Amunátegui Las primeras representaciones dramáticas, Santiago, Imprenta Nacional, 1888, pp. 19 y 20.

63 Citado por Hanisch (1974:134-135). De este hallazgo da cuenta el propio Ugarte en la Revista Chilena de Historia y Geografía, Santiago, 111, enero-junio 1948, pp. 18-55.

64 Archivo del Colegio de San Ignacio, citado por Hanisch (1974:134)

65 Enrich, op. cit., p. 240.

66 Citado por Leonhardt (1924:6).

67 Inventarios de haberes de la Compañía de Jesús conservados en el Archivo Nacional. En el volúmen 3 en la foja 201 empiezan los inventarios efectuados el año de la expulsión de la orden : “Inventario de las Alajas pertentes a la Misn de Achao de la Compa. de Ihs. (Efectuado el 9-XII-1767 por Don Ignacio Bargas y Joseph Días)”. Especifica una serie de herramientas para trabajar madera y otros. A fojas 219 está el inventario de la estancia de Lemuy que menciona herramientos y adornos sagrados. A fojas 221 referidas a la ciudad de Castro, 11-XII-1767 incluye herramientas para labrar la madera con detalle. Copia de estos inventarios en los volúmenes 285 a 287 del Fondo Vario del Archivo Nacional. Incluído como apéndice por Isidoro Vásquez de Acuña, op. cit., pp. 72 y siguientes.

68 Fernando Márquez de la Plata “Los Muebles en Chile”, en Boletín de la Academia de Historia, Nº 1, 1933, p. 275, citado por Pereira Salas (1941:38). Pereira Salas da erróneamente como fecha de su construcción el año 1776, cuando los jesuitas ya no estaban en América; Hanisch (1974:135) da por contruído el órgano en 1753.

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La nota al pie aclara, sin embargo, que éstas vienen en forma separada al final de la séptima parte.

Grabado incluido en la obra del padre Alonso de Ovalle, que representa la residencia de Arauco. Si bien el diseño arquitectónico se presenta idealizado, se aprecia como principal diferencia real con la residencia de Chiloé, la torre fortificada en territorio araucano que no precisó la misión chilota. Esto tuvo estrecha relación con los resultados evangélicos en una y otra parte, cuestión que se proyecta hasta nuestros días. Grabado incluido en la obra del padre Alonso de Ovalle, que representa la residencia de Chiloé. La principal diferencia con la residencia de Arauco es la ausencia de una torre fortificada.
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